Cuando pareciera que el teatro ya dijo todo sobre el complejo, difícil y encantador mundo de las relaciones humanas, sobre la traición, las miserias, el dolor, los miedos, el amor y sus múltiples formas, La respiración redobla la apuesta: liberar, sufrir, disfrutar y reír de los más oscuros fantasmas puede ser el primer paso -¿o el último?- para el alivio tras tocar fondo y sentir que nada tiene sentido.

A Nagore (Julieta Vallina) la dejó su marido, con quien tiene una hija, por otra mujer. Sumergida en una depresión, cuando piensa en respirar, se ahoga. Pero para Lautaro Perotti la tragedia se desvanece entre fantasías, ficción en la ficción. La mente gira hacia lugares inesperados. El recurso del humor, eficaz para la reflexión, el mejor anzuelo para repasar temas como la sexualidad, el cuerpo, los estereotipos y mandatos sociales.

La trama novelera es simple, las actuaciones destacadas. La figura de la madre (María Fiorentino), infaltable: la que odias porque tiende puentes, porque te induce a atender el teléfono, a conectar con el mundo, a respirar. La resolución (I see dead people) da el cierre en el momento justo.

La respiración se realizó en 2018 en Timbre 4, teatro de Boedo, con un barcito en la entrada que tiene una carta en la que está aclarado en cada opción de comida o bebida el tiempo en que demorará.

Dramaturgia: Alfredo Sanzol,
Dirección: Lautaro Perotti.
Actúan: Mario Bodega, María De Pablo, María Fiorentino, Juan Guilera, Federico Liss, Julieta Vallina.
Vestuario: Cinthia Guerra.
Escenografía: Lautaro Perotti.
Diseño de luces: Ricardo Sica.
Asistencia de dirección: María García De Oteyza.
Prensa: Marisol Cambre.
Producción: Maxime Seugé, Jonathan Zak.

La respiración, de Laurato Perotti: de traiciones, fantasmas y resurrección

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